Alrededor de 53 millones de tailandeses estaban llamados este domingo a las urnas en unas elecciones generales que se han convertido en un examen al sistema político surgido tras más de una década de gobiernos frágiles e inestabilidad institucional. La votación, que ha incluido también un referéndum que pregunta a los ciudadanos si quieren una nueva Constitución, ha llegado tras un intenso periodo de turbulencias: desde los comicios de mayo de 2023, Tailandia ha visto cómo el partido ganador terminaba siendo bloqueado para gobernar y disuelto por orden judicial; el Tribunal Constitucional ha desempeñado un papel clave en la caída de primeros ministros, y el poder ejecutivo ha cambiado de manos a través de complejas maniobras parlamentarias.La cita electoral, que servirá para elegir a los 500 miembros de la Cámara de Representantes, fue convocada de forma anticipada por el primer ministro, Anutin Charnvirakul, líder del conservador Bhumjaithai (Orgullo Tailandés) con el objetivo de evitar una previsible moción de censura contra su Ejecutivo, que gobierna en minoría. Pero el trasfondo político va mucho más allá de una maniobra parlamentaria. Desde las últimas elecciones, hace menos de tres años, la política tailandesa vive atrapada en una crisis permanente: han gobernado tres dirigentes y se ha producido una intervención recurrente de los tribunales, lo que ha dificultado que la mayoría surgida de las urnas se traduzca en gobiernos estables. Detrás de esta inestabilidad sobresale una pugna de largo recorrido entre un movimiento reformista, urbano y cada vez más joven, y un establishment formado por el Ejército, la judicatura y la monarquía, que conserva amplios poderes incluso en periodos de gobierno civil. Muchos votantes se cuestionan si su voto servirá realmente para alterar ese equilibrio o si volverán a imponerse los vetos institucionales. La principal esperanza del bloque reformista es el Partido del Pueblo (PP), heredero directo de Move Forward (Avanzar), que ganó las elecciones de 2023, pero no pudo gobernar por el veto del Senado (nombrado a dedo por el Gobierno militar y sobre el que las élites ejercen una enorme influencia). Liderado por Natthaphong Ruegpanyawut, de 38 años, el PP plantea una agenda de cambio estructural que incluye la reforma de la Constitución, la limitación del poder de los organismos no electos y una redefinición de la relación entre poder civil y militar. Las encuestas lo sitúan en cabeza: durante la campaña, ha rebajado su tono en varios aspectos claves para su base electoral con el fin de tratar de evitar acabar vetado como su antecesor Avanzar, que fue disuelto en 2024 por orden del Tribunal Constitucional debido a su compromiso con reformar la ley que protege de toda crítica a la monarquía. En el otro extremo del espectro político se sitúan fuerzas conservadoras, fragmentadas pero con una notable capacidad de influencia. Dentro de estas, Anutin y el Bhumjaithai representan la continuidad del sistema actual. El primer ministro (que accedió al poder con el apoyo del PP), un político pragmático y acostumbrado a moverse en el centro del tablero, ha reforzado su discurso nacionalista tras el conflicto fronterizo con Camboya del año pasado, el más grave en décadas y que se cobró al menos un centenar de vidas. En un contexto de preocupación por la seguridad y de incertidumbre regional, su mensaje patriótico ha calado en una parte del electorado. Entre ambos polos se mueve un actor tradicional, pero que, por primera vez en dos décadas, no parte como favorito. El partido Pheu Thai (Por los Tailandeses), fundado por el controvertido magnate y antiguo hombre fuerte del país Thaksin Shinawatra, llega a estas elecciones debilitado y sin el impulso que le permitió capitalizar durante años el voto contra el establishment. La formación vinculada al clan Shinawatra arrastra el desgaste de la destitución el año pasado de la primera ministra Paetongtarn Shinawatra, que fue apartada del cargo por el Tribunal Constitucional en plena crisis con Camboya. Además, su padre, el multimillonario Thaksin, está cumpliendo condena en prisión por corrupción y abuso de poder, una circunstancia que sus adversarios han explotado en campaña como recordatorio de los excesos del pasado y como advertencia frente a cualquier intento de regreso. Sin embargo, el Pheu Thai, ahora liderado por el sobrino de Thaksin, se mantiene como tercera fuerza política y podría convertirse en un socio clave en un futuro gobierno de coalición. El resultado apunta a un Parlamento fragmentado y a negociaciones complejas. Pero la diferencia con los comicios de hace tres años es que el Senado ya no tiene capacidad para vetar al primer ministro, ya que el mecanismo que le otorgaba ese poder expiró en 2024. El jefe del Ejecutivo será elegido exclusivamente por la Cámara Baja, lo que abre una ventana de oportunidad para que la voluntad popular tenga un mayor peso. No obstante, el Senado mantiene la capacidad de bloquear leyes y reformas constitucionales, lo que limita el margen de maniobra de cualquier nuevo gobierno. Precisamente, la Constitución es uno de los grandes asuntos en juego este domingo. Junto a las elecciones legislativas, los votantes participan en un referéndum que puede activar el proceso para redactar una nueva ley fundamental y desmontar el entramado legal heredado del golpe de Estado de 2014. La Constitución vigente, aprobada durante el periodo de gobierno militar (2014-2019), otorga amplios poderes a organismos “independientes” como el Tribunal Constitucional o la Comisión Electoral, decisivos en la disolución de partidos y la destitución de primeros ministros. El próximo Ejecutivo heredará una Tailandia económicamente debilitada, con uno de los crecimientos más bajos del sudeste asiático (fue del 2,2% en 2025, mientras que la región crece a una media del 4%), una enorme desigualdad social y con la deuda de los hogares disparada hasta casi el 88% del PIB, una de las proporciones más elevadas de Asia, lo que ha lastrado el consumo. Además, el turismo, pilar tradicional de su economía, aún no se ha recuperado plenamente del golpe de la pandemia y las exportaciones han sufrido el impacto de los aranceles impuestos por la Administración del estadounidense Donald Trump.

Shares: