“No tienes que afrontar esto solo, hay personas aquí que quieren ayudarte”. “Gracias por confiar en contármelo”. Son frases decisivas que un docente puede pronunciar cuando detecta que algo no va bien en el aula. A lo largo de su carrera, es habitual que el profesorado se enfrente a situaciones complejas: alumnos con cambios emocionales y comportamentales bruscos, confesiones de ideas suicidas o señales de que están sufriendo algún tipo de violencia. En estos casos, la observación, la escucha y la coordinación con otros profesionales resultan fundamentales para prevenir daños. Con ese objetivo nace el Vademécum Salud mental y bienestar emocional en la escuela, publicado este miércoles. El manual responde a 115 preguntas reales planteadas por docentes de todo el país sobre situaciones que afrontan en su día a día. Publicarán 22.000 ejemplares que distribuirán gratuitamente a cerca de 20.000 (de los 34.920) centros educativos no universitarios de toda España.Las conductas de los alumnos pueden manifestarse de muchas formas. Aislamiento, agresividad, tristeza intensa, dificultades académicas repentinas, cambios bruscos de peso, dolores o cansancio constante. Según el vademécum, el profesorado se encuentra en una posición privilegiada para detectar y acompañar estos cambios. “El profesor es el fonendoscopio de lo que le acontece a un alumno”, resume Javier Urra, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense y director del estudio. El experto subraya que, al convivir con el estudiante durante meses, el docente puede identificar señales de alarma que otros profesionales no perciben. El manual —editado por Anaya con el apoyo de la Fundación Mapfre y Siena Educación— insiste en que estas señales deben interpretarse siempre en relación con el propio alumno, comparándolo consigo mismo en distintos momentos, y no a partir de tablas normativas. “Si el chico siempre ha sido feliz, contento, tiene amigos y de pronto se muestra irascible o evitativo, puede que algo esté pasando”, explica Urra. Y pone ejemplos concretos: “Si el lunes el niño llega desarropado, sucio, sin peinar, ¿qué ha pasado en su casa? Si el viernes no tiene amigos con los que quedar, ¿por qué ese problema de socialización? Y si llega mayo y lleva manga larga, ¿no será que se está haciendo autolesiones en los antebrazos?”.María Rosa Rocha, presidenta de la Asociación de Directores de Institutos Públicos de Madrid (ADIMAD), ha explicado en la rueda de prensa de presentación del informe que esta labor ya está muy presente en los centros educativos de todo el país, aunque a menudo pase desapercibida. Urra explica, por su parte, que los docentes muestran dudas ante la creciente diversidad de situaciones que se presentan en las aulas. “Están muy preocupados por el altísimo grado de ansiedad del alumnado y perciben que, en muchos casos, las redes sociales están maleducando emocionalmente a sus estudiantes”, señala. En un estudio previo, El estado de la salud mental en el aula 2025, los docentes consultados enviaron 850 preguntas que han servido de inspiración para las 115 del vademécum.El documento, elaborado por 21 especialistas entre psicólogos, psiquiatras y terapeutas ocupacionales, no solo orienta sobre qué observar, sino también sobre cómo actuar ante situaciones de riesgo. En casos de sospecha de abuso sexual, por ejemplo, el manual recomienda escuchar al menor sin interrogar con preguntas invasivas, no investigar por cuenta propia, no prometer confidencialidad y no confrontar al presunto agresor. Además, aclara que no son necesarias pruebas, sino una sospecha fundada.El vademécum detalla también los pasos a seguir. El primero es comunicarlo al director o coordinador del centro, que debe activar el protocolo correspondiente para dar aviso inmediato a servicios sociales, fiscalía de menores o fuerzas de seguridad. Solo después de estas actuaciones interviene el psicólogo, encargado de la evaluación y contención emocional de la víctima. “Aunque el profesional de la salud mental es fundamental, no es la primera persona a la que se debe informar en un caso de abuso sexual”, subraya el documento.Problemas emocionales o de salud mentalCuando lo detectado es un posible problema emocional o de salud mental, el papel del profesorado es identificar señales y derivar el caso al orientador o psicólogo del centro y, en su caso, a la familia. “El profesor no tiene por qué intervenir en lo que es estrictamente clínico”, aclara Urra, salvo en casos de problemas de conducta vinculados a factores visibles del entorno escolar. “Si un niño es acosado por su identidad sexual o por ser diferente, ahí sí debe intervenir el docente, porque son elementos externos los que están generando el sufrimiento”. La presidenta de ADIMAD advierte de que ocuparse del bienestar emocional del alumnado también genera una sobrecarga creciente al profesorado, que no cuenta con los recursos suficientes. “Cada vez recaen más responsabilidades sobre nuestros hombros y nos vemos desbordados”. Rocha reclama más orientadores en los centros educativos, mayor peso de la figura del coordinador de bienestar y la implantación de psicólogos escolares por zonas. Esta profesora también cuestiona que, ante cualquier problema social, la escuela se convierta en el único espacio de respuesta. “La sociedad también debe empezar a establecer otro tipo de estrategias, otra forma de ayudar a los menores, porque también sería importante que algunas de las familias también estuviesen más implicadas en la educación”, defiende.

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