
Llegaron las rampas, y Carlos Alcaraz se crece. “Soy tímido”, contaba. Nadie lo diría. Después de superar la combatividad de Tommy Paul (7-6(6), 6-4 y 7-5 (en 2h 45m) y progresar por tercer año consecutivo a los cuartos de final del Open de Australia, el entrevistador, Jim Courier, le pregunta por los fiuuu-fiuuu que le piropean cada vez que se quita la camiseta y enseña el torso cincelado, a lo que el tenista amaga con despojarse de la chaqueta y vacila: “No me recreo… [risas]. Simplemente me gusta estar cómodo para hablar contigo, porque no quiero hacerla sudado. Me alegro de que le guste a la gente”. El ambiente tórrido del día anterior ha desaparecido —casi quince grados menos—, todavía se percibe un deje a quemado en el aire de Melbourne —incendios en la zona suroeste del estado de Victoria— y él sonríe porque todo va por donde pretendía. En dirección a la siguiente escala, el de El Palmar mete un piñón más y da el acelerón. Ahora sí. “Ha sido un nivel muy alto por parte de ambos, así que estoy contento de haber ganado en tres sets”, concede. Y anticipa: “Estaré listo”. El martes, día de fuego —se pronostican 43º—, se las verá con Alex de Miñaur o Alexander Bublik, por decidir. Antes, él ha cumplido consigo mismo. Más informaciónTiene estas cosas Alcaraz, uno de esos tipos portentosos que cuando comienza el oleaje de verdad, reacciona de esa manera. Dirimiéndose el set inicial sobre el fino alambre y entre un peligroso juego de equilibrios, el revés defensivo de Paul coge altura, algo así como diez metros, y cae con nieve, a plomo, muy lenta; es decir, un mundo para pensar, para dudar, en ocasiones para encogerse durante el lapso de esos cinco segundos que transcurren entre que la bola sale despedida del cordaje del rival, sube, baja, bota y vuelve a ganar tres metros. No es su caso. Al revés. Él lo disfruta, se gusta, lo saborea. ¿Miedos? De eso nada.Paul y Alcaraz, con el supervisor y la árbitra durante la interrupción.Tingshu Wang (REUTERS)A este mundo se viene (o así debería ser) a disfrutar. Así que con toda la naturalidad del mundo, como aquel Alcaraz que aprendía de niño en las pistas de El Palmar, se cambia la raqueta de mano, se sopla la palma, recupera la disposición original y clava de arriba abajo el martillazo como quien sencillamente ha hecho lo que debe. Algunos lo interpretarán como ir sobrado, adorno para los highlights. No es así. Tan solo instinto. Recursos y más recursos de un tenista total y delicioso, que lo mismo se inventa la virguería que se arremanga que corre que se las pela para atacar o defenderse. “Puede hacerlo todo”, recordaba Paul.A este se lo imagina uno con el traje de marine, con toda esa rectitud, esas facciones angulosas y ese gesto neutro (hasta el extremo) por el que pagaría una millonada un profesional del póquer o el amante del mus: ni siente ni padece. Ni la más mínima expresión. Puede caerle una plancha entre las manos, que ni se inmuta. Robocop. Sin el cartel mediático de otros compatriotas, se afirma sin ninguna duda que se trata de uno de los jugadores más completos y regulares del circuito, sin fisuras ni taras reseñables; ahora bien, su tenis echa en falta un último giro de tuerca que podría guiarle hacia un lugar más feliz.PoliédricoEs inteligente y sabe pegar, tampoco le falta muñeca. Sin embargo, no termina de dar con el siguiente el punto. En cualquier caso, replica siempre bien y exige casi siempre a Alcaraz, al que ha derrotado un par de veces sobre cemento y ha comprometido en más de una ocasión. Esta vez, su bola dura y ese estilo tenso que trata de imponer termina topándose de nuevo con la fiabilidad del español, que desde hace tiempo dejó atrás los devaneos y el sesteo, y se ha convertido en una máquina de competir. Efectivamente, los hechos prueban la sentencia de Paul: el murciano es fabulosamente poliédrico.Alcaraz, en una devolución con la derecha.Jaimi Joy (REUTERS)Hasta ahora al ralentí, sin la necesidad de brillos sino más bien del mono de obra, Alcaraz pisa el acelerador en este domingo de viento y pincha la burbuja del rival en la resolución del primer parcial. Es un torneo de momentos. Si a Jannik Sinner le rescató el día previo el flotador del calor, él, al fresquito, viene a decirle al estadounidense que está muy bien eso de intentarlo, pero que de ningún modo piensa abrir la puerta. Pese a que el marcador refleje fuerzas parejas, la superioridad es otra vez manifiesta y después de sortear una situación de apuro, esa opción de break (para 5-4) y saque para el contrincante, suelta el latigazo.Acto seguido, dispara la ráfaga en el desempate, resuelto de forma accidentada —la indisposición de una espectadora lo ha interrumpido más de diez minutos, con 3-3— y merced al peso de la lógica: a eso de pelotear entre las llamas, Alcaraz suele ser mejor. Así de simple. Ahí queda entonces ese detalle de la pelota nevada y el cambio de raqueta —“me sudaba la mano”, se dirige a su banquillo—, y a continuación la doble falta posterior del adversario que se traduce en un alud. A partir de ahí, el decidido ejercer del murciano que le guía hacia los cuartos del torneo, el martes. O sea, otro tentador muro a derribar.
Open de Australia 2026 : Ahora sí, Alcaraz enseña el colmillo: Paul a la lona y otros cuartos al bolsillo | Tenis | Deportes
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