Un enano deslenguado, un joven en silla de ruedas y una mujer en ropa interior esperan a que un cómico, caramelo mentolado en boca, se disponga a lamer genitales. ¿La premisa de un chiste? No, esta es una de las múltiples y grotescas situaciones que se dan en el espectáculo de Juan Dávila (Madrid, 47 años). Antes y después habrá más: el cayetano que resulta ser expareja de Victoria Federica de Marichalar y Borbón, llamando a la sobrina del rey Felipe VI en altavoz para decirle —de forma impostada— que la echa de menos; o el manco que busca a un cojo para alcanzar “el combo perfecto”. Todo esto ocurría el pasado 14 de enero en el Movistar Arena de la capital ante unos 15.000 espectadores que animaban, interrumpían y berreaban con cada nueva extravagancia. Un hito en la historia de la comedia nacional. Lo ha conseguido alguien que dejó un puesto fijo de funcionario para dedicarse plenamente a la interpretación, y que cumple dos décadas en ese camino poblado de incertidumbre donde unos se caen, otros mantienen el paso y unos pocos lo dinamitan. Su caso es el tercero: de curtirse en teatros de barrio con obras deficitarias o captar clientes a pelo en plena Gran Vía a llenar estadios y protagonizar una película.Fenómeno viral [tiene tres millones de seguidores en Instagram]agitador social, alquimista del escarnio: Juan Dávila no es un artista al uso. Es más bien un epicentro de caos controlado. “Hago una mezcla de disciplinas. Muchos dicen que soy la Rosalía de la comedia”, define por teléfono. Un predicador de la risa que ha transformado lo que parecía un monólogo tradicional en un ritual colectivo de carcajadas, confesiones y, por supuesto, pecado compartido. Sus shows se abarrotan de un público donde lo heterogéneo se queda corto. Hay pijos, chonis, tullidos, tarados mentales o ancianos terminales. Sin eufemismos.Más informaciónY convergen en un mismo objetivo: pegarse la fiesta de la ofensa consentida. Subvertir las correcciones y emborracharse del carpe diem más salvaje. Darle, en definitiva, un portazo al desasosiego vital. ¿Acaso no es ese el principio y fin de la comedia? Porque, como el propio Dávila ha comprobado, al final “la mierda sale”. Incluso la suya. La que ha tenido que aguantar y tragar hasta hace meses. Su propia vida podría redactarse en uno de esos mensajes que le manda la gente por privado para participar en sus giras.El cómico Juan Dávila, celebró sus 20 años de trayectoria en el Movistar Arena de Madrid con ‘El Circo del Pecado’, el pasado 14 de enero.óscar lafox (foto cedida)“Resumiría mi trayectoria así: los primeros 17 años luchando por sobrevivir, actuando en todo tipo de locales, y los últimos tres sin esa preocupación”, confiesa, añadiendo: “Eso sí, siempre encima del escenario, pensando que por esto merece la pena”. Vayamos al inicio. Antes de tener millones de seguidores, Dávila fue policía local en Alcobendas, una localidad al norte de Madrid. La experiencia, según ha señalado a menudo, le enseñó mucho sobre la vida y sobre lo que realmente importa, al tiempo que le formó para las tablas sin que él lo supiera. “Me quitaba el traje de Leonardo, de Lorca, y me ponía el uniforme que me llevaba a la vida de verdad”, ha recordado en varias ocasiones, apuntando que estar cara a cara con escenas reales le enseñó a valorar la risa como un mecanismo de supervivencia y humanidad. El paso de agente municipal a dramaturgo de lo imprevisible no fue inmediato. Empleó centenares de madrugadas moviéndose entre circuitos de improvisación, bolos en clubes y pequeñas obras, hasta que su religión personal, el show La capital del pecado, empezó a contagiarse de boca en boca.Ni él mismo podía prever lo que sucedería. Según el documental que narra su ascenso —La senda del pecado, dirigido por Alberto Utrera—, el gran viraje se produjo tras un vídeo en TikTok en 2022. Un fragmento de su show que explosionó y lo catapultó a una fama inesperada. En este mismo largometraje, que se estrenó en cines el pasado mayo, no solo se repasa el recorrido de un cómico con suerte: es la crónica detallada de años de picar piedra, terapia, pantomima y ensayo incesante para encontrar esa fórmula que nadie sabía cómo describir. “La gente se piensa que subí clips a las redes y dejé la policía hace cinco meses. Aquí hay 13 años de esfuerzo, de improvisación, interpretación y mil historias más”, anota. Porque lo de Dávila es un boom social antes que artístico: su humor no está hecho para hacernos sentir cómodos, está hecho para sacudirnos. Él mismo ha insistido en diferentes entrevistas: jamás se autocensura (y eso que en Instagram llegó a ser suspendido) y prefiere que todo lo que pueda pasar bajo los focos, pase. “Hay cosas que no publico porque me cancelarían”, arguye.Y si hablar de pecado abre puertas a lo mejor y a lo peor de las personas, Dávila prefiere enfrentarlo con humor. Para él, la comedia no es solo entretenimiento, es encuentro y reflexión. No en vano, sus influencias se aproximan más a lo dramático. “Vienen del teatro: Shakespeare, Chéjov, Lorca, Brecht…”, enumera. Recientemente, afirmó que España tiene mucha gente enferma sin un lugar donde se les trate como una persona más: “Aquí pueden reír y ser ellos mismos”. Esa idea de normalizar lo que antes se consideraba tabú o inconveniente ha sido un motor poderoso de su éxito. Por eso, su espectáculo es una anarquía estructurada: La capital del pecado —y la versión ampliada que se ha terminado llamando El palacio del pecado— no tiene texto. Solo una fórmula: “Cuando se acaba la improvisación, más improvisación”. El pacto tácito entre el conductor y los asistentes es el de la irreverencia. “No se sabe ni cómo empieza ni cómo termina, todo va surgiendo. Esa energía compartida es contagiosa y liberadora”, define quien también se ha metido en papeles secundarios de series o películas y que protagoniza Castigo divino, de Pablo Guerrero, en cines a partir del 13 de febrero.Decir que Dávila rompe la cuarta pared es quedarse corto: él la pulveriza, la pisa y la escupe. Los momentos espontáneos como los presenciados en el coloso madrileño se han convertido en parte del folclore de sus funciones y en materia prima para los clips virales. Prima la complicidad, tanto con famosos futbolistas como con concurrentes de movilidad reducida. Un circo, según su propio título, “donde todo el mundo es aceptado por lo que es e incluso alabado por sus diferencias”. Y aunque pueda sonar provocador o incluso chocante, el intérprete ha sido enfático en establecer límites: “Una cosa es humor y otra bullying, y a mí se me da bien hacer lo primero desde la inclusión”, explica.Ese estilo directo y juguetón ha desbordado las cifras: cientos de miles de tickets, teatros agotados por toda España y ser el humorista europeo con más ventas de entradas durante el último año. La demanda ha colapsado plataformas, como cuando colgó el sold out del antiguo Wizink en cuestión de minutos, un año antes de la función. “Ahí es cuando me di cuenta de que era un fenómeno”, reflexiona. Pero a Dávila no le importa el tamaño del recinto, ni siquiera la fama. Su credo es el humor como algo que une a las personas en un momento en el que reinan la crispación, el odio y las divisiones por clases o ideologías. “La risa lo une todo y miserias tenemos todos”, aduce, incluyéndose a él mismo, que se ha liberado de lo solemne. “Al principio, me parecía todo muy serio. Ahora, con lo que veo cada día y con la gente que viene, me doy cuenta de que ni soy ni hago nada tan importante”, cavila. Dávila echa orgulloso la vista atrás: “Lo que nadie sabe es lo que cuesta llegar hasta aquí con todos los bajones, inseguridades y siendo cuestionado todo el rato por lo que haces”.¿Continúa con algún temor? “Lo que me da miedo es perder la ilusión de seguir ayudando a través de la comedia”, sopesa Dávila, creyendo que el éxito es dormir “tranquilo”, que está “aportando algo a la sociedad” y “mejorando como persona y como profesional”. Que se lo digan, si no, a esos entusiastas que se ponen a su disposición como si fueran los personajes con los que arranca un chiste.

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