Cuando Meritxell Mayans planeó la llegada al mundo de su hijo Kai, compró su ropita y empezó a prepararse para la maternidad, jamás imaginó que acabaría dando a luz a su hijo muerto. A las 22 semanas de gestación, debido a complicaciones graves de salud, tuvo que interrumpir el embarazo y el mundo se le vino abajo. Nadie le dijo que podría cuidar y velar a Kai, hacerle una foto, tomarle las huellas o mantenerlo en brazos. Tampoco que esos rituales podían ayudarla en el duelo posterior. En ese momento crítico, coinciden los expertos, los pacientes están aún más susceptibles a la autoridad del equipo médico. Cada palabra o silencio cuenta.El tratamiento hospitalario marca profundamente el proceso de duelo. Así lo señalan especialistas y una decena de padres y madres consultados para este reportaje. La experiencia muestra que las buenas prácticas de atención a la muerte perinatal —que ocurre entre la semana 22 del embarazo y hasta 28 días después del parto— todavía no están plenamente interiorizadas en muchos centros sanitarios.Mayans, de 37 años, lo vivió en primera persona. A principios de año estuvo ingresada durante 12 días por una infección grave en el Hospital Universitario de Valencia y, finalmente, fue trasladada al de La Fe. Durante los tres días siguientes, distintos ginecólogos le ofrecieron explicaciones confusas y contradictorias: uno le dio seis días para decidir si interrumpía el embarazo o seguía “con lo que venga, como venga”; otro se limitó a decir que “lo que importa es la vida”, sin detallar los riesgos de su situación; un tercero comentó que “una mujer más fuerte aguantaría”, pero que la veía “muy débil”.Su pensamiento era claro: lo que venía era su hijo y lo quería más que a nada en este mundo. Pero, tras comprender por su cuenta que la infección suponía un riesgo también para su vida y que Kai no tenía posibilidades de sobrevivir, decidió, junto con su pareja, interrumpir el embarazo.En medio de esa situación caótica, Mayans sintió una falta absoluta de comunicación. “No solo me sentí abandonada por el personal médico, sino insultada. No se me tuvo en cuenta como persona, ni se atendieron mis dudas ni mis miedos”, explica. Y añade: “Una madre llorando porque va a perder a su bebé no es una mujer débil”. Durante la espera del parto, estuvo casi todo el tiempo sola con su pareja. Nadie se acercó para explicar a qué se enfrentarían o qué opciones tenían. Estaba de cuclillas por el dolor cuando sintió que Kai estaba a punto de nacer. El padre salió a buscar ayuda y, en ese momento, sintió como el feto caía al suelo. “Es algo que me atormenta”, recuerda.Más informaciónLo vivido por Mayans, aunque sea una excepción, no es un caso aislado. El INE contabiliza cerca de cuatro muertes perinatales por cada mil nacimientos en España, pero la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) considera que estas cifras están infravaloradas. A diferencia de otros países de la OCDE, España solo registra como muerte perinatal las que ocurren a partir de las 25 semanas y cinco días de gestación (justo antes de la semana 26).Además, señalan los especialistas, el proceso de duelo en los embarazos deseados puede darse incluso fuera de los plazos biomédicos. Cuando una mujer empieza a contar con la llegada de un hijo, su muerte deja un dolor que no depende de la edad gestacional. “Ese embarazo no es un intento fallido, esa pérdida es un dolor tan desgarrador que solo si lo has vivido lo puedes comprender. Yo misma no lo comprendía antes”, dice Mayans.Meritxell Mayans sostiene en su casa las cenizas de su hijo Kai, el 14 de octubre.Kike TabernerMarta Rubio, de 31 años, pasó por una experiencia similar. Perdió a su hija Lucía en 2023, cuando estaba en la semana 20 de gestación. Tras una ecografía en la que no se escuchó el latido, la ingresaron tres días para inducir el parto. De aquellos días recuerda que se sentía aún peor en los pocos momentos en los que algún miembro del equipo sanitario iba a verles con expresión de pena. Paul Cassidy, sociólogo que investiga el tema desde hace más de 10 años, explica que, en vez de compasión, el tratamiento debe centrarse en reconocer la identidad de padres.Eso también implica reconocer que han tenido un hijo que, en muchos casos, ya tiene un nombre, señala la doctora en Psicología María Teresa Pi-Sunyer, que trabajó años en el área materno-infantil del Hospital Vall d’Hebron, en Barcelona. Destaca que, además de una comunicación efectiva, es fundamental dar tiempo a los padres para tomar las decisiones con calma y no dejarles solos.Fue otra paciente del hospital —que, por coincidencia, era miembro de una asociación de apoyo al duelo perinatal— quien explicó a Rubio que ver a su hija podría tener un efecto sanador en el duelo. Carlos Gómez, su pareja, recuerda aquella intervención con gratitud. Antes de hacerlo, pensaba que eso aumentaría el sufrimiento; hoy sabe que se habría arrepentido toda la vida de no hacerlo. Caja de recuerdos de Lucía creada por sus padres Marta Rubio y Carlos Gomez.Kike TabernerUn estudio de 2018, elaborado por Cassidy y la asociación Umamanita —que trabaja por la humanización de la atención sanitaria en la muerte perinatal—, señalaba una valoración muy baja de la información recibida en todos los aspectos de la asistencia. Apenas la mitad de las mujeres encuestadas vio a su bebé y, de ellas, la mayoría asegura que el tiempo fue muy corto. Entre las que no lo vieron, seis de cada diez decían tener remordimientos. “Si los profesionales sanitarios ofrecieran información de calidad y un ambiente adecuado para el contacto post mortem con el bebé, la mayoría de las mujeres elegiría hacerlo”, concluye el informe. El estudio, basado en 796 encuestas, es el único referente existente en España sobre la atención sanitaria en casos de muerte perinatal. Lucía también nació cuando Marta y Carlos estaban solos. Cuando una enfermera quiso llevársela, Marta pidió verla y pudo estar con ella durante 30 minutos. Mayans, por su parte, tuvo que lidiar con la burocracia para recuperar el cuerpo de Kai, en mayo. Logró despedirse, incinerarlo y guardar sus cenizas en un lugar especial.Protocolos de humanizaciónPara garantizar la humanización de la atención sanitaria, los especialistas advierten de la necesidad de protocolos claros y formación del personal. En octubre pasado, el Departamento de Salud de Cataluña publicó una guía propia para formar a profesionales y subrayar la necesidad de un seguimiento psicológico adecuado para prevenir o tratar posibles trastornos derivados de la pérdida.Además, la Guía de asistencia práctica de la SEGO —el único documento nacional sobre el tema— establece recomendaciones que van desde los aspectos clínicos, hasta el apoyo emocional y pautas de comunicación. Sin embargo, es difícil saber qué ocurre en la práctica. “Ni las consejerías de salud, ni las sociedades científicas, tenemos constancia del número de hospitales en los que están implantadas”, reconoce la entidad.La práctica varía según el centro. En el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona, por ejemplo, el protocolo prevé la formación de todo el personal y apoyo psicológico durante todo el proceso —incluidos grupos para el propio equipo sanitario—, mientras que el Hospital La Fe de Valencia, cuyo protocolo tiene poco más de un año, no contempla formación obligatoria, aunque sí incentiva la participación en formaciones impartidas por asociaciones. Algunos hospitales cuentan ya con una “cuna fría”, que permite dar más tiempo a las familias para despedirse, y marcan las puertas de estas habitaciones con una mariposa azul para que el personal sanitario sepa lo que ocurre dentro. Aun así, los expertos insisten en que lo esencial es respetar la autonomía de las mujeres y sus parejas, garantizar información clara, tiempo, calma y un equipo formado. Mayans sabe que el dolor que ha sentido no sería menor, pero, según cuenta, “el trato de los profesionales habría marcado una diferencia importante”.

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