Una Europa que sigue ensayando cuál es la mejor manera de tratar al volátil Donald Trump sabe que, al menos en la OTAN, tiene en su jefe, Mark Rutte, a un político que ha demostrado ser capaz de manejar al impredecible presidente estadounidense, en gran medida con adulaciones públicas sin fin. Pero la estrategia del holandés, que él mismo reconoce que resulta “irritante” para muchos, ha comenzado también a presentar fisuras en una semana en la que varias capitales han sentido que Rutte puede estar yendo demasiado lejos en su apoyo incondicional al inquilino de la Casa Blanca, a costa de los demás socios de la Alianza Atlántica.French Response ―una cuenta irónica pero oficial de la diplomacia francesa que se ha hecho viral por sus continuas críticas a Moscú, Washington y, ahora también, al secretario general de la Alianza Atlántica― le recordaba esta semana que la OTAN está compuesta por 32 aliados, y no solo por Estados Unidos. El problema, explica el eurodiputado socialista Nacho Sánchez Amor, quien también esta semana le recriminó duramente su pleitesía sin fin a Trump, es que Rutte parece “demasiado convencido, sin poner distancias” con el magnate republicano pese a que este, una y otra vez, amenaza a Europa o relativiza su importancia, como ha hecho con la contribución, que ha costado muchas vidas de soldados, de varios países a las operaciones en Afganistán. Todo ello mientras sigue humillando públicamente al ex primer ministro holandés pese a todas sus alabanzas, como sucedió otra vez hace dos semanas en Davos, donde, igual que el pasado verano antes de la cumbre de la OTAN en La Haya, publicó un mensaje privado de Rutte —lo hizo asimismo con uno del presidente francés, Emmanuel Macron— en el que este le decía que iba a difundir en el Foro Económico el “increíble” trabajo del presidente estadounidense en Oriente Próximo.Rutte es conocido como el Trump whisperer, el susurrador de Trump, el hombre que ha conseguido ser escuchado por el republicano. Algo que ha logrado con constantes halagos públicos y, a menudo, vergonzantes, como cuando en La Haya lo llamó daddy (papito), el único momento pelota que Mr. Teflón, como lo llamaban en su país por su aparente indiferencia ante las críticas, dice lamentar. Durante una charla en Davos, otro de los pocos líderes europeos que ha logrado la atención de Trump, el presidente finlandés, Alexander Stubb, provocaba la carcajada del auditorio cuando, preguntado sobre “quién o qué puede calmar las tensiones de Groenlandia”, no dudó ni un segundo en responder: “Oh, Mark Rutte”. Para entonces, el holandés ya andaba negociando entre bastidores un principio de acuerdo con Trump anunciado poco después en la localidad de los Alpes suizos y que acabó calmando (por el momento) las agitadas aguas transatlánticas que provocaron las amenazas militares y arancelarias a Dinamarca y otros países europeos que apoyaron a su socio frente a las ansias anexionistas del estadounidense sobre la isla ártica. En Bruselas, sede tanto de las instituciones europeas como de la OTAN, nadie se engaña. Rutte llegó a finales de 2024 a la jefatura de la Alianza con un cometido prioritario y claro: asegurarse de que Estados Unidos, donde la victoria electoral de Trump ya se avistaba y se confirmó solo unos meses más tarde, no abandone el pacto defensivo transatlántico y mantenga sus compromisos con los aliados europeos pese al desprecio que su Gobierno ha mostrado una y otra vez ante Europa y sus valores. “Probablemente, tiene el trabajo más difícil de la ciudad. Ser secretario general de la OTAN con este presidente estadounidense no es algo que aceptaría mucha gente”, lo defiende el eurodiputado popular Nicolás Pascual de la Parte, embajador español ante la OTAN entre 2017 y 2018. Para su colega alemán David McAllister, presidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, donde Rutte compareció esta semana, el holandés está haciendo incluso una labor “excelente”: “Si el secretario general de la OTAN no tuviera una buena relación con el presidente estadounidense, estaría haciendo mal su trabajo, pero es todo lo contrario. Rutte ha encontrado la manera de conectar con el presidente Trump y de ello nos beneficiamos todos”, asegura el democristiano a este diario. Su homóloga de la comisión de Seguridad y Defensa, la liberal alemana Marie-Agnes Strack-Zimmermann, también advierte en contra de criticar en demasía el carácter “adulador” del secretario general. “Su tarea es mantener a flote” a la OTAN y, “ante la Casa Blanca que tenemos, él es el hombre adecuado en el puesto adecuado”, sostiene. Ambos apuntan como prueba de esa estrategia la desescalada en Groenlandia: “Ahora estamos hablando del futuro de Groenlandia, del futuro del Ártico, los aranceles se han quitado de la mesa de negociaciones y eso es mérito de Rutte”, insiste McAllister. “Deberíamos estar agradecidos de que sea nuestro secretario general en estos momentos”, aseveraba también Stubb desde Davos a la agencia Reuters. Pero la cuestión que se plantea cada vez de forma más abierta es si el precio no es demasiado alto. El miedo es que, en ese camino de loas aparentemente sin fondo, Rutte acabe perjudicando a esa Europa que su controvertida estrategia aduladora se supone busca proteger. “Sigan soñando”Es lo que varios eurodiputados —y, tras ellos, sus capitales— sintieron esta semana durante una controvertida comparecencia de Rutte en el Parlamento Europeo donde, en un tono marcadamente irrespetuoso en alguien tan dado al halago, cuestionó que Europa vaya a ser capaz de defenderse sola, sin EE UU. “Sigan soñando”, espetó el holandés.La indignada respuesta no tardó en llegar desde capitales como París o Madrid, que le recordaron que la autonomía europea en seguridad es un objetivo compartido por Europa y deseado por Washington. “No es un sueño”, rebatió el ministro de Exteriores español, José Manuel Albares.“Esgrimir la debilidad europea para obtener la garantía de Estados Unidos es un enfoque obsoleto y envía un mensaje equivocado a Rusia”, le advertía desde X Muriel Domenach, embajadora francesa ante la OTAN entre 2019 y 2024. Las palabras de Rutte, “en vez de servir como grito de guerra para la asociación transatlántica, podría haber sido acogido por los adversarios como una profecía autocumplida de éxito”, lamentaba también Gabrielius Landsbergis, exministro de Exteriores de Lituania, uno de los países más proatlantistas de Europa.En una tribuna en el diario alemán Handelsblatt, la jefa de la oficina en Berlín del European Council on Foreign Relations (ECFR), Jana Pugierin, también alertaba de que “la política de seguridad de Rutte está llevando a Europa por mal camino”. Según argumenta, ante la imprevisibilidad demostrada por Trump una vez más con Groenlandia —aunque ahora parezca haberse superado la crisis— está claro que los aliados europeos ya no pueden confiar ciegamente en que Washington saltará en su ayuda si fuera necesario. Y recuerda que la propia estrategia de defensa nacional estadounidense publicada la misma semana en que se decidía el futuro de Groenlandia y con él el de la Alianza, confirma un creciente desapego transatlántico pese a las aseveraciones de lo contrario de Rutte: “En Europa y otros escenarios, los aliados tomarán la iniciativa contra amenazas que son menos graves para nosotros, pero más para ellos, con un apoyo crítico, pero más limitado de Estados Unidos”, señala la hoja de ruta defensiva estadounidense. Rutte por ahora no parece plantearse una estrategia distinta. Moleste a quien moleste. “Trump está haciendo muchas cosas buenas y sé que a muchos les irrita que lo diga, pero es así (…) y cuando Trump hace cosas buenas, lo alabaré y no me importa que publique los mensajes”, replicó en la Eurocámara a quienes le recriminaban su actitud “sumisa”.Pero para algunos aliados, empieza a ser urgente que el secretario general de la OTAN aclare sus alianzas, tal como le exigió durante la controvertida audiencia parlamentaria Sánchez Amor: “Señor Rutte, usted tiene que decidir si quiere ser el embajador de EE UU ante la OTAN o el secretario general de la organización y de todos sus miembros”, dijo el eurodiputado socialista, que le recordó que “entre el apaciguamiento y la adoración personal hay un camino intermedio. Muchos europeos deseamos que lo encuentre”.

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