Ernesto Cortés y María Teresa RonderosCrónica publicada el 20 de febrero de 1996, de autoría del actual jefe de Redacción de EL TIEMPO Ernesto Cortés y María Teresa Ronderos.30 de enero 2026, 12:23 A.M. Actualizado:30.01.2026 00:23¿Han sido los medios de comunicación manipulados en el cubrimiento del largo y conflictivo escándalo de corrupción política por parte del narcotráfico, llamado proceso 8.000?¿Se cuestionaron los periodistas qué intereses había detrás de las filtraciones de listas, de indagatorias y de grabaciones clandestinas? ¿Confrontaron estas informaciones con diversas fuentes, antes de publicarlas?Este será un punto central de la segunda parte de la serie de EL TIEMPO sobre el papel desempeñado por los medios en la crisis. También se abordará una pregunta obligada de este autoexamen: ¿Qué información nueva produjeron los medios, con su propia capacidad investigativa que no fuera producto de las filtraciones?La pasión, la arrogancia, el moralismo de los periodistas versus su interés y obligación por prestar un servicio público, es otro capítulo obligado. Finalmente, ¿quién no ha dicho que el periodismo, como el país, tomó partido frente a las fuerzas enfrentadas en el 8.000? Es cierto, ¿pero por qué lo hizo? Las respuestas conforman el corazón del debate de la prensa en la tormenta del 8.000.¿Medios manipulados?Ernesto Samper, expresidente de Colombia (1994-1998) por el Partido Liberal.Foto:Archivo EL TIEMPOEl gran problema es que la infiltración no ha sido solo del narcotráfico en la política, sino de los protagonistas de la crisis en los medios de comunicación. Esa es una de las grandes tragedias de este proceso, afirma Jairo Pulgarín, director de noticias de Radio Santa Fe.La tragedia a que se refiere Pulgarín tiene que ver con el hecho de que los medios hayan reproducido muchas filtraciones, sin confrontar otras versiones del mismo episodio. Esto llevó a los medios a cometer errores y por tanto, como afirma Oscar Domínguez, director de la agencia de noticias nacionales Colprensa, a generar una gran confusión entre la opinión.Además, demasiados reporteros manejan una relación con las fuentes que puede ser perversa: solo consultan una fuente para una historia y se convierten en ventrílocuos de partes interesadas, no en mediadores de una realidad ante la opinión.Los medios les han jugado no a la opinión pública sino a los individuos que defienden, políticos o funcionarios. En esto son conscientes y han manipulado. Pero también han sido bobos útiles y han dejado que ganen los hombres de relaciones públicas sobre los periodistas; el documento sobre el periodismo. Vuelve a estar presente esa estupidez que llaman chiva: el que tiene el documento primero es el más chivoso. ¿No será más bien el más manipulado?, anota Juan Pablo Ferro, jefe de información de El Espectador.Se estableció una especie de contrato con la fuente que explica Juan Gossaín, director de noticias de RCN radio. Todas las fuentes mentían o decían pedazos de verdades. Pero por su complejidad, el 8.000 nos obligó a confrontar la información que nos daba cada una, algo básico del periodismo que habíamos olvidado. Esto nos llevó a una situación nueva. Las fuentes tan diversas e interesadas creyeron que por darle una noticia a un periodista se establecía un contrato: solo puede publicar su versión. No supe de eso hasta que una fuente allegada a Medina llamó a reclamarme que si yo era su aliado por qué razón había publicado una información distinta a lo que me había dicho. Un funcionario del gobierno se ofendió porque yo confronté sus noticias. Los teníamos mal acostumbrados.Otra costumbre de los periodistas colombianos es no citar las fuentes. La violencia y el miedo han llevado a muchos a hacer periodismo clandestino, sin rostro. Pero lo que es una necesidad en casos de vida o muerte se transformó en una norma general. Hasta las más inocuas opiniones se atribuyen a analistas, expertos, etc.Esto puede ser especialmente grave en un proceso que como el 8.000 está poniendo en duda la credibilidad de la Presidencia, del Congreso, de la Justicia; y por otra parte, casi todos los que dan la información tienen intereses particulares.Como lo afirma un estudio reciente del Freedom Forum de Washington D.C. sobre relaciones entre Congreso y Medios en los Estados Unidos, dejar que la gente diga cosas sin hacerse responsable por ello, se presta para la desinformación y los golpes bajos todo es posible cuando no hay ante quien quejarse. Les robamos a los lectores su habilidad para juzgar lo que se dice; qué tan idóneo es quien da la información; cuáles son sus intereses. El anonimato de las fuentes empobrece el debate público y socava la confianza de la opinión en la prensa.Pero hubo debate…Una cara de la moneda es que sí hubo exceso de filtración de documentos sin verificar, demasiado apego a las versiones de una fuente, a tal grado que a veces ni se revelaba. Pero la otra cara, es que hubo acalorados debates internos en muchos medios para tomar la decisión de publicar o no, y de qué manera, estas indagatorias filtradas, estas grabaciones clandestinas y las listas que involucraban a tanta gente.Desde que llegaron los narcocasetes en sendos paquetes, sin remitente, a varios medios, dos o tres días antes de la fecha de elección definitiva, el 19 de junio de 1994, comenzaron las dudas sobre cómo manejar este tipo de información anónima.Yo me enteré de los narcocasetes por Andrés. No sabía de dónde venían. No podía publicarlos, no tenía certeza de su veracidad. Se hubiera interpretado como una jugada sucia de Andrés, dice Juan Carlos Pastrana. Luego de la elección y en medio de las airadas protestas de Andrés Pastrana, La Prensa publicó el 22 de junio de 1994 el contenido de los narcocasetes, con el demoledor titular: Ernesto Rodríguez Orejuela.Andrés Pastrana, expresidente de Colombia.Foto:Sergio Acero. EL TIEMPOEsos narcocasetes llegaron a la dirección antes del domingo de elecciones, recuerda Ferro de El Espectador. Dijimos, hay que tomarlo con cabeza fría, no podemos prestarnos a que la chiva, el marketing periodístico, esté por encima del raciocinio periodístico. Sacarlos implicaba unos resultados estrepitosos sobre la elección. Ante la duda ética, El Espectador resolvió referirse a ellos de manera escueta.Enrique Santos Calderón, subdirector de EL TIEMPO, recuerda: Yo recibí los casetes el viernes antes de elecciones, llegaron en un sobre de manila manuscrito. Al otro día, los escuchamos con el editor judicial, Edgar Torres, y nos dimos cuenta de que eran física candela. Vi que tenían autenticidad por más editados o montados que estuvieran, y por las consecuencias que podían derivarse, le dije a Torres: Usted no ha escuchado nada. Porque podía ser una jugada política, por demás explosiva, decidí que no se publicaran antes de elecciones.Elegido Samper, varios medios comenzaron a filtrar a pedazos los contenidos de los narcocasetes. Luego de intentar ratificar en lo posible la información de los mismos, EL TIEMPO resolvió publicarlos textualmente. La actitud del EL TIEMPO frente a los documentos del 8.000 se comenzó a definir en ese momento, dice Santos.El caso de MaríaCon el convencimiento de que el cierre de la investigación sobre los narcocasetes decidida por el exfiscal Gustavo de Greiff no resolvía las dudas sobre la posible filtración de dineros de la mafia en la campaña liberal, la revista Semana resolvió seguir explorando esta veta periodística a través de historias que se derivaban de las conversaciones.El 30 de septiembre de 1994, el ex director de la DEA en Colombia Joe Toft, dijo al noticiero QAP que Colombia era una narcodemocracia e hizo graves denuncias de narcodineros en la campaña samperista. Dos meses después, el gobierno se disculpó con la familia de Miguel Rodríguez Orejuela por un allanamiento hecho durante la fiesta de primera comunión de su hija en el hotel Intercontinental de Cali. Al comenzar el año 95 Cambio 16 publicó la historia de las camisetas que involucraba a Medina. Mientras tanto, se sabía que el extesorero andaba contando historias en las fiestas sobre las donaciones del cartel de Cali a la causa liberal.Miguel Rodríguez Orejuela es mostrado a los medios de comunicación.Foto:AFPPara Semana, todos estos hechos comenzaron a confirmar las sospechas, nacidas con los narcocasetes, sobre posibles vínculos entre la campaña liberal y el cartel de Cali. Fue en ese contexto que entrevistaron a María, una testigo de la DEA en Estados Unidos. No obstante, a pesar de la sucesión de hechos que levantaban sospechas, Semana no se animó a publicar la entrevista textual, sino un resumen analítico. Llegamos a diagramar la forma de la entrevista, pero luego de una discusión interna, nos asaltó la duda. ¡Es que se trataba del presidente de la República, de quien María aseguraba había recibido dineros de la mafia en Cali en 1989!A pesar de tantas precauciones, la revista se equivocó en afirmar que el senador Jesse Helms iba a llevar a María como testigo a un debate en el Congreso estadounidense sobre la certificación a Colombia, pues este nunca se llevó a cabo.La indagatoria de MedinaCuando en la mañana del 31 de julio de 1995 el país escuchó fragmentos de lo que había sido la confesión del ex tesorero de la campaña Samper presidente, no entendió bien lo qué había dicho. El relato original estaba siendo filtrado por boca de los ministros Botero y Serpa, quienes revolvieron indiscriminadamente nombres mencionados por el extesorero, haciendo aparecer la confesión como el discurso de un hombre desesperado que quiere untar a todo el mundo. Además, como ya se dijo, se supo en la rueda de prensa que la indagatoria había sido robada.Ernesto Samper y Horacio SerpaFoto:Felipe Caicedo – EL TIEMPOCon semejante antecedente, no era extraño que la decisión sobre si debía o no publicarse su contenido despertara grandes debates dentro de los principales medios escritos.Cuando la indagatoria llegó a manos de El Espectador, comenzó la controversia. La leímos, la analizamos y tomamos una determinación que nos marcó para siempre frente a la filtración de documentos en el proceso 8.000: no publicar indagatorias, o documentos tal cual, sin trabajarlos periodísticamente, recuerda Ferro.En El Espectador, llegaron a la conclusión de que, primero, había intereses de los actores catalogados como buenos o malos dentro del proceso quienes con la revelación de documentos pretendían causar efectos. Segundo, consideraron que era injusto señalar a individuos sin saber sobre su culpabilidad o inocencia. Es por esto que el 2 de agosto, el mismo día que renunció el ministro Botero, el diario de los Cano publicó apartes de la indagatoria de Medina, confrontando sus afirmaciones con las que habían hecho sus detractores en el pasado en relación a la campaña.En la decisión de El Espectador hubo un argumento adicional. Al sentir personal de Ferro, no quería que se repitiera una historia que todavía pesa: Después de la muerte de don Guillermo Cano fui jefe de información y siempre sentí que me habían utilizado como un instrumento de terror, algo que detestamos El Espectador y yo. Me sentí usado para una política de guerra contra el narcotráfico que no podíamos controlar. Con el 8.000, no podíamos asumir una postura sin cuestionar qué intereses había detrás.Ante la publicación de El Espectador y la difusión de apartes de la indagatoria que hicieran otros medios, EL TIEMPO, que ya tenía en sus manos el documento, se vio obligado a enfrentar un duro debate interno para decidir si publicaba el documento en su totalidad.EL TIEMPO era considerado históricamente el periódico oficial del gobierno, dijo Francisco Santos, jefe de redacción de este diario, en el Freedom Forum en Washington. Aún su director reconoce que él es un Ph.D. en oficialismo. No importaba si se trataba de un presidente liberal, o conservador, este siempre podía contar con el apoyo editorial del periódico en tiempos difíciles. Pero no ha sido así durante este proceso.Francisco Santos, antiguo jefe de redacción del periódico EL TIEMPO.Foto:Lenin Nolly. EFEEsta historia también pesó a la hora del debate alrededor de la publicación de la confesión de Medina. Nos pareció terrible publicar a pedazos, pues se prestaba para que cada cual manipulara a su antojo. Era mejor contarlo todo, recuerda Enrique Santos.Lo que se debatió en el diario de los Santos, entre las fuerzas más tradicionales y precavidas frente al gobierno liberal, y las más audaces que querían destapar a toda costa, fue si, por un lado, había que hacer valer el derecho a la información por encima de la reserva del sumario, y por el otro, si se arriesgaban a abrir una caja de pandora con consecuencias imprevisibles. Para despejar la confusión que según ellos había sido creada por la información fragmentada, se decidió publicar en tres páginas la indagatoria completa.Aunque EL TIEMPO tenía el documento desde hacía varios días, solo cuando se decidió publicarlo se organizó un equipo de redactores para que trabajaran verificando el contenido de las afirmaciones de Medina. No obstante, en la tarde, volvieron a surgir las dudas. El editor general, Enrique Santos Castillo, después de sopesarlo por largo rato, decidió publicarlo por su valor periodístico. No se incluyeron las historias que habían trabajado en equipo, pues se consideró que era darle demasiado protagonismo al extesorero.Cometimos errores periodísticos, como no verificar informaciones tales como el supuesto secuestro de Daniel Samper a manos del narcotráfico, o la versión de que Samper voló a Estados Unidos en un avión de los Rodríguez Orejuela para que lo salvaran después del atentado; pero a pesar de eso, EL TIEMPO se liberó de una costra histórica y ganó credibilidad externa, agrega Enrique Santos Calderón.La monitaMauricio Vargas tiene memoria de elefante. Es un enfermo confeso de apuntar nombres, fechas y detalles de todo lo que va cubriendo en su actividad periodística. Por eso recuerda bien lo difícil que fue la decisión de publicar el texto completo de una conversación grabada clandestinamente entre el presidente Samper y Elizabeth Montoya de Sarria, de quien en ese entonces solo se sabía que era la esposa de un presunto narcotraficante.El expresidente Ernesto Samper.Foto:Milton Díaz. EL TIEMPOSegún Vargas, una fuente de inteligencia dejó escuchar a un periodista de Semana la cinta completa en febrero de 1995. Pero el informante no les quiso entregar copia, solo les dijo que había otras copias por ahí.Durante los siguientes seis meses, golpearon todas las puertas, DAS, CIA, Policía, Ejército y Armada, hasta que una fuente de esta última les dio la grabación.El 2 de agosto de 1995, Vargas, junto con otros directivos de Semana, escuchó la conversación. Con semejante historia encima, tuvo que asistir al Palacio de Nariño, a una cena en la Casa Privada. Al día siguiente vino la gran discusión sobre la publicación del casete de la monita Sarria, que incluyó asesores externos.Analizamos si era una conversación privada o pública y optamos por la segunda, pues era entre el candidato, hoy presidente, y la esposa de un sospechoso de narcotráfico, recuerda Vargas. No le dimos carátula, pues teníamos que privilegiar el análisis sobre la chiva de tener el casete. También sacamos una investigación sobre quién era Jesús Sarria.Semana le pidió al canciller Pardo que fuera a escuchar la cinta para que diera su versión, pero este se negó. Cuando la revista iba para imprenta, supimos que había caído Miguel Rodríguez Orejuela. Desmotamos toda la historia y la adaptamos a la luz de este nuevo y trascendental hecho, concluye Vargas.También con el objetivo de no dejarse manipular por las diversas filtraciones, en la redacción del diario El Colombiano de Medellín se desató un debate sobre la manera de cubrir el 8.000. La decisión final fue respetar el debido proceso y mandar a la Fiscalía los anónimos que llegaran. Lo que hicimos a cambio, fue tratar de explicarle a la gente lo que estaba sucediendo a través de análisis. No nos importó ser chiviados porque consideramos que es muy grave que el periodismo parta de filtraciones, dice la directora Ana Mercedes Gómez.Ernesto Cortés y María Teresa Ronderos

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