
El Gobierno de Benjamín Netanyahu, que considera a Irán su principal enemigo y no se suele frenar a la hora de lanzar amenazas, guarda, sin embargo, desde hace semanas un inesperado silencio sobre los tambores de guerra que el presidente de EE UU, Donald Trump viene haciendo sonar contra Teherán, pese a involucrarle muy directamente. Más aún cuando el pasado junio inició una guerra contra la República Islámica (a la que acabó sumándose Washington) y hace pocas semanas parecía inminente que lanzaría otra ronda para afianzar su superioridad en Oriente Próximo.Netanyahu lleva años hablando del derrocamiento del régimen de los ayatolás. El tono es crecientemente mesiánico, como si fuese el papel que le ha conferido la historia para salvar al pueblo judío. El fin de la República Islámica le supondría, además, un importante logro que agitar de cara a los comicios de octubre, en los que los sondeos no le auguran la reelección. Pero una cosa son los deseos y otra el análisis militar y de los servicios de inteligencia, que temen que una intervención prematura sea contraproducente y saben, además, que Teherán —pese a su debilidad— conserva la capacidad de lanzar andanadas de misiles contra Israel. En resumen, que el remedio (Oriente Próximo está lleno de muertos por intervenciones extranjeras que, a priori, parecían planes sin fisuras) sea peor que la enfermedad.Sara Isabel Leykin, del Centro de Oriente Próximo y Norte de África del think tank Instituto Italiano de Estudios Políticos Internacionales, admite en un análisis que la “actitud predominantemente cautelosa y expectante” de Israel habría sorprendido hace pocas semanas a propios y extraños. Le interesa el fin del régimen de los ayatolás (”es difícil imaginar una situación de relaciones entre ambos países peor que la actual”, dice), pero es también “muy consciente” de que “un error de cálculo podría anular cualquier beneficio potencial” de una campaña de bombardeos. El estamento militar israelí viene admitiendo, en declaraciones sin nombres ni apellidos, que un ataque estadounidense a destiempo puede desviar la atención de la brutalidad con que el régimen ha reprimido las protestas y unir a la población ante la injerencia extranjera, en vez de alimentar una revuelta interna. De hecho, según desveló el diario The Washington Pos t, Israel había notificado a Irán en los días previos a las protestas que no iniciaría un ataque. Fue a través de Rusia y recibió como respuesta el mismo compromiso a la inversa. No es la misma situación. Ahora, mande o no Netanyahu directamente sus cazas contra Irán, la respuesta le alcanzará, dada la estrechez de su alianza a todos los niveles con EE UU. El régimen de Teherán le acusa, además, de haber instigado las protestas.Este mismo martes, Ali Samjani, uno de los principales asesores del líder supremo iraní, Ali Jameneí, publicó en la red social X un mensaje en hebreo (por si había dudas de a quién iba dirigido) en el que amenazaba con misiles contra “el corazón de Tel Aviv” en respuesta a “cualquier acción militar de Estados Unidos, de cualquier origen y a cualquier nivel”. “Se considerará el inicio de una guerra y la respuesta será inmediata, integral y sin precedentes, dirigida contra el agresor, contra el corazón de Tel Aviv y todos quienes lo apoyan”, escribía al calificar de “ilusión” el escenario de un “ataque limitado” de Washington sin consecuencias regionales. Es, de hecho, solo una de las posibles consecuencias. Los expertos recuerdan que la República Islámica tiene otras cartas en su manga: minar el estrecho de Ormuz (con el consiguiente impacto en el comercio global y el precio de los hidrocarburos: es lugar de paso de un quinto del crudo y el gas), dañar instalaciones petrolíferas de los aliados de EE UU en el Golfo, como Arabia Saudí, o movilizar a sus ―debilitadas, pero aún en pie― milicias aliadas. Es el caso de Hezbolá en Líbano, los hutíes en el mar Rojo o los grupos armados proiraníes en Irak.Raphael S. Cohen, director del programa de Maestría en Seguridad Nacional en el centro de análisis estadounidense RAND, escribía la pasada semana en la revista Foreign Policy que Netanyahu ha tenido hasta ahora motivos operativos de peso para aplazar una nueva ronda. De hecho, el despliegue militar de EE UU hace dos semanas (cuando Irán llegó a cerrar su espacio aéreo porque el ataque parecía inminente) no garantizaba la intercepción de proyectiles contra Israel, en una eventual represalia, según los analistas militares. Ha sido muy reforzado desde entonces. La industria armamentística israelí lleva desde agosto produciendo de forma acelerada interceptores del Arrow 3, el sistema antimisiles que más empleó durante el enfrentamiento de junio. Israel asegura que interceptó entonces el 86% de los 550 misiles balísticos que recibió en aquellos 12 días y que mataron más de 30 personas. Iban principalmente dirigidos contra objetivos militares, sobre cuyos daños reina hasta hoy el secretismo. Es el sistema que acaba de vender a Alemania, en el mayor contrato armamentístico en la historia de Israel, calculado en unos 5.600 millones de euros. Más allá de los elementos puramente técnicos, está el escepticismo prevalente en Israel de que una campaña de bombardeos pueda derribar a un régimen que difiere del venezolano. Un alto funcionario israelí con conocimiento directo de la planificación entre ambos aliados ha declarado esta semana a la agencia Reuters que su país asume que requeriría también “desplegar tropas sobre el terreno”. Incluso si EE UU asesinase a Jameneí; “un nuevo líder lo reemplazaría”, sin perder el control de la situación, señalaba la fuente.Además, aunque Israel es un país nacionalista y militarista que tiende a cerrar filas socialmente en tiempo de conflicto, no hay particular apetito por una nueva ronda. No está siendo atacado ni amenazado por Teherán, sino al revés. Un sondeo del pasado septiembre del centro de análisis Instituto Israelí para la Democracia mostraba cómo el aislamiento internacional o los boicots preocupaban bastante más a los israelíes judíos que se definen de centro o de izquierda (29% y 43%, respectivamente) que el programa nuclear iraní, notablemente abajo entre las respuestas a la pregunta: ¿Cuál es la mayor amenaza existencial externa para el Estado de Israel? Para Israel, el balance ha cambiado en la lista de pros y contras. Por un lado, no puede esperar a que Teherán reconstituya sus defensas aéreas, seriamente dañadas en las rondas de enfrentamientos directos que han encadenado desde 2024, explica el experto Cohen. Los cazas sobrevolando sin amenazas el cielo de Teherán plasmaron en la última contienda la supremacía aérea israelí. De hecho, tras recurrir a los aviones furtivos más avanzados, los F-35, para destruir radares y baterías tierra-aire, el ejército israelí se permitió enviar cazas más antiguos, como los F-15 y F-16. No parece haberse recuperado. Medio año después, el expresidente iraní Hassan Ruhani admitía que “los cielos de Irán se han vuelto completamente seguros para el enemigo”. “Ya no tenemos una verdadera disuasión. Nuestros países vecinos —Irak, Siria, Líbano, Jordania— tienen el espacio aéreo controlado por Estados Unidos e Israel”, agregaba el mes pasado.La superioridad estratégica (nunca había ocupado tanto territorio ajeno ni impuesto tanto su ley en décadas en la región) permiten ahora a Israel agrandar la preeminencia respecto a su gran némesis regional. Más aún tras haber debilitado notablemente a sus aliados, sobre todo Hezbolá, demasiado frágil y contenido como para lanzar un solo cohete en defensa de su patrón durante la guerra de junio. En aquel conflicto, Israel —cuyo arsenal nuclear es un secreto a voces— y EE UU dañaron, aparentemente sin destruir, el programa nuclear iraní. Ahora, Netanyahu quiere ir a por sus misiles, que ―a diferencia del opaco programa atómico― no son objeto de controversia entre la comunidad internacional, sino parte de la soberanía nacional. En marzo, Netanyahu aprovechó la festividad de Purim (que recuerda el episodio narrado en el Libro de Ester, en la antigua Persia) para tirar de un engañoso paralelismo que le gusta: “Hace 2.500 años, un enemigo del pueblo judío se levantó en esta tierra. Quieres destruir y aniquilar las raíces de los judíos sobre la faz de la tierra. Si la historia se repite, al menos el pueblo es el mismo pueblo”. Un mes después, en otra festividad judía (Pesaj), abundó: “Somos la generación de la redención y de la victoria. El mundo entero mira con asombro a nuestro pueblo ancestral que, una y otra vez, vence a quienes intentan destruirnos”.
Israel guarda un inesperado silencio ante los tambores de guerra de Trump con su archienemigo Irán | Internacional
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