
Debo confesarlo, aunque se vaya al carajo mi credibilidad rockera: siempre me gustó Julio Iglesias. Vaya, urge puntualizar. Era más tolerable que sus competidores; tenía un charme que le destacaba entre el tsunami de vocalistas melódicos españoles que nos ahogaron a partir de finales de los años 60. También ayudó su dimensión internacional. Pude viajar por la Costa Azul con un chófer que tenía sus grabaciones en francés y, oiga, aquella resultaba una buena banda sonora.De alguna manera, se te insinuaba en el extranjero. En Río de Janeiro, me vi confrontando con amigos cariocas sus méritos con los de Roberto Carlos. En Los Ángeles, otro conductor se empeño en que conociera el exterior de su mansión de Bel Air. Su gancho era universal, como se comprueba con la larga vida de su versión de La mer. Una feliz ocurrencia de su productor Ramón Arcusa, plasmada en complicidad con su director musical, Rafael Ferro.Que conste que no todas sus aventuras internacionales resultaron artísticamente fructíferas. El famoso To All the Girls I’ve Loved Before supone un manchón, tanto en su discografía como en la de Willie Nelson. Curioso que la canción parecía confeccionada a la medida de un casanova como Julio pero fue grabada inicialmente por su compositor, el gibraltareño Albert Hammond. Lo mejor que se puede contar al respecto fue la ingenuidad del tejano y sus socios, que inicialmente se abstuvieron de fumar sus habituales porros, convencidos de que el visitante spanish singer era antidrogas (!!!!).En el fondo, me sentía muy consciente de que resultaba difícil defenderle estéticamente. En este mismo periódico, Nacho Saénz de Tejada le lanzó cargas de profundidad, recogiendo incluso la espantada de Paco de Lucía, al sentirse maltratado en la cartelería de un concierto sevillano que le iba a juntar con Julio y Plácido Domingo. Ambos divos perdieron una oportunidad para solidarizarse con su colega guitarrista.Tampoco yo me atreví a comentárselo a Iglesias cuando le entrevistaba. Su memoria tendía a lo vaporoso: resulta que no recordaba la famosa noche de juerga con los californianos Red Hot Chili Peppers. También me desconcertó su sensación de omnipotencia: pretendía ir a La Habana para grabar con “los viejitos, algo al estilo Buena Vista Social Club” y no le importaba la previsible reacción del exilio de Miami. No se pudo comprobar: tan revolucionaria visita nunca se materializó.Julio Iglesias en Miami, en 1980. Santi Visalli (Getty Images)Me he sumergido en los libros serios alrededor del personaje (olviden la autobiografía). Pienso en El español que enamoró al mundo, de Ignacio Peyró, que contiene agudas observaciones sobre la relación del vocalista con su patria. Desdichadamente, Peyró se traga muchos mitos surgidos de la maquinaria de promoción. Y revela cierta candidez cuando escribe: “Mi teoría es que el vino libró a Julio Iglesias de las drogas. Si bebes Château Lafite del 70 cada noche, ¿qué te va a aportar la cocaína? Nada”.Muy iluminador es Hey! Julio Iglesias y la conquista de América, donde el músico y sociólogo Hans Laguna examina el proceso de establecimiento de su marca de latin lover finisecular. Aunque quien rápidamente sintetizó el secreto de su gancho planetario fue Juan Cueto, que lo explicaba así: “Toda persona baja la guardia al menos una vez al día y cede a sus bajos instintos”. Exacto.
Julio Iglesias, un momento de debilidad | Cultura
Shares:
