El mundo arde: invasiones impunes, hambrunas quirúrgicamente propiciadas, tratamientos para enfermedades curables interrumpidos de forma abrupta y caprichosa por políticos ebrios de poder y las reglas de convivencia entre naciones, tejidas con mimo durante décadas, hechas trizas. Como telón de fondo, la inteligencia artificial, una revolución tecnológica capaz de ser la gran esperanza y la mayor amenaza a la vez. De este nuevo desorden mundial, pero también de sus razones para mantener el optimismo, conversará este lunes con EL PAÍS, Bill Gates, el filántropo estadounidense, multimillonario y cofundador de Microsoft. La cita es en el auditorio del Museo del Prado de Madrid a las 18.30 horas, donde Gates dialogará con este diario para celebrar el 50º aniversario de su fundación y que se podrá seguir en directo en la página web de EL PAÍS. Bill Gates preside la Fundación que lleva su nombre y que financia proyectos e investigaciones para el desarrollo y la salud global en todo el mundo. La Fundación Gates, que apoya Planeta Futuro, la sección de desarrollo del país, es una de las mayores organizaciones filantrópicas del mundo, con un presupuesto que supera con creces el que muchos países donantes dedican a la ayuda al desarrollo. El papel de las ONG y de fundaciones como la de Gates ha cobrado una nueva dimensión tras el anuncio el año pasado del Gobierno de Estados Unidos del desmantelamiento de USAID, la mayor agencia de cooperación del mundo. Estados Unidos no está solo. Los recortes estadounidenses han venido acompañados además de una disminución de los fondos de ayuda al desarrollo por parte de los principales donantes europeos. Como resultado, las predicciones hablan de millones de muertes prevenibles en los próximos años debido a la interrupción de tratamientos, distribución de ayuda y de salarios de trabajadores sanitarios en países del Sur Global. Otra consecuencia del giro regresivo de los últimos meses son los datos que indican que por primera vez en 25 años, el número muertes prevenibles de niños aumentará, después de haberse visto reducido a la mitad en las últimas dos décadas, debido en parte a los recortes de la ayuda al desarrollo. El tijeretazo coincide con una crisis fiscal en los países del Sur Global, donde más de 60 países dedican más recursos a pagar los intereses de la abultada deuda postpandémica que a educación o a sanidad. En este contexto, hablar de desarrollo requiere, según los expertos, la transformación de un sistema financiero que torpedea el desarrollo de los países más vulnerables y endeudados. Frente a los tiempos sombríos, Gates ha reforzado el tecnooptimismo. Dedica buena parte de los recursos de su fundación a la innovación en el campo de la salud global, para combatir enfermedades como la malaria, la tuberculosis o el VIH. El filántropo cree que hay razones para la esperanza y podríamos asistir pronto a la erradicación de enfermedades como la polio. El pasado mayo, Bill Gates, el que fuera el hombre más rico del mundo, anunció que dedicará su fortuna, 200.000 millones de dólares (171.609 millones de euros) a causas humanitarias en las dos próximas décadas, precisamente en un momento de debilitamiento de la cooperación global y de un potencial salto tecnológico gracias a la inteligencia artificial. Su fundación benéfica desaparecerá en 2045. “La gente dirá muchas cosas de mí cuando me muera, pero estoy determinado a que ”murió rico” no sea una de ellas”, escribió recientemente Gates.

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